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Escarabajos

Escarabajos

Por Alejandra G. Galli
 

 

 
Nuestro planeta, ¡al fin! Después de viajar por muchos lugares siempre es bueno volver a casa. Sentir que pertenecemos a un lugar y que siempre está allí, esperando a nuestro regreso. Anabelle, mi compañera de expedición, también tuvo ese sentimiento, aunque visitaríamos a su familia luego de ver a mi madre. Estábamos en casa, el planeta tierra era nuestro hogar.
Exploramos otros mundos por largo tiempo y ya era hora de tener vacaciones. Llegamos como siempre, por medio del teletransportador público, ya que nuestra nave solo podía ser usada durante el trabajo. Éste consistía en el reconocimiento de nuevas civilizaciones dentro de las galaxias que formaban parte del mapa estelar.
Conocí a Anabelle al ingresar en la Universidad de Investigaciones Espaciales. Desde el primer día congeniamos muy bien, y allí comenzó nuestra amistad. Al terminar nuestros estudios solicitamos trabajar juntas en la Comisión Investigadora de Civilizaciones Extraterrestres. De esto hacía ya tres años, y había prometido llevarla a conocer a mi madre para estas vacaciones.
Mamá seguía viviendo en la casa donde crecí, en un poblado llamado La Alameda: nombre alusivo a la abundancia de álamos en el lugar. Mi padre había fallecido ocho años atrás, y desde entonces ella vivía sola, excepto cuando yo tenía vacaciones. Mi casa era en realidad una pequeña mansión de grandes ventanales, rodeada de abundante vegetación. Ella adoraba las plantas. De chica solía sentarme en la entrada principal. Constaba de dos enormes columnas que sostenían un amplio balcón en la cima, el cual formaba el techo: era mi lugar favorito.
Llegamos por la tarde y entramos sin llamar, íbamos a sorprenderla porque no le había avisado de nuestra visita. Cruzamos la recepción, la sala de estar y nos dirigimos hacia el jardín. Estaba segura que allí la encontraría. Y así fue, se hallaba cortando algunas flores para decorar la casa.
―¡Mamá! ―grité desde la amplia galería trasera.
Ella nos miró. Había logrado mi cometido, su cara reflejó una expresión mezcla de sorpresa y felicidad.
―¡Helena! ―exclamó y se acercó con rapidez―. ¡Qué alegría que estés de nuevo en casa! ―decía mientras nos abrazábamos muy fuerte.
Pasada la sorpresa le presenté a Anabelle.
―Al fin nos encontramos en persona. Mi hija te nombra en cada relato y, la verdad, siento que te conozco desde el primer momento en que ella lo hizo ―dijo.
―A mí me sucede lo mismo ―respondió sonriendo Anabelle.
―Vamos a pasar unas semanas aquí y luego iremos a la casa de Anabelle, para que yo conozca a su familia en persona.
Luego de las presentaciones nos acompañó a los dormitorios que se encontraban en la planta alta, para que nos pusiéramos cómodas y descansáramos algo antes de la cena.
Al bajar, la mesa estaba servida. Mamá había cocinado. Recuerdo muy bien cuando nos sorprendió por primera vez, a mi padre y a mí con deliciosas comidas hechas por ella misma. Señalaba que no quería tener tanta gente merodeando por la casa, excepto para la limpieza. Para ello, algunas veces por semana, venía la señora Kufstein, una alemana fortachona que vivía en el centro del pueblo.
Durante la cena relatamos las aventuras ocurridas durante nuestro trabajo. Mamá nos escuchaba con atención, y reía con gusto de nuestras divertidas anécdotas. Ella nos puso al tanto de todo lo ocurrido en el pueblo durante mi ausencia, aunque no había mucho que contar de un lugar tan tranquilo. Era muy tarde, así que nos fuimos a dormir, y estábamos tan cansadas que nos despertamos una vez que el sol ya daba de lleno en la ventana.
Mi madre distribuía sus horarios entre clases de pintura, piano, jardinería y cuanto curso se le presentara. Me asombró cuánto había avanzado en el aprendizaje de estas disciplinas en el último tiempo. Muchas de sus pinturas adornaban los cuartos y la sala de estar: eran realmente bellas. En cuanto al jardín, se veía mucho mejor que cuando lo cuidaba el señor Xian, al que yo creía el más sabio del pueblo, en lo que respecta a plantas. Disfrutamos de algunos de sus conciertos de piano por las noches, aunque varias veces se disculpó por algunos errores en la ejecución. Eso lograba irritarla. Para Anabelle y para mí tocaba muy bien, pero ella era una perfeccionista.
―Mamá tiene una facilidad increíble para aprender, y la verdad es que la admiro mucho por eso ―le comenté a mi amiga―. Cada vez que vengo a casa descubro que domina una nueva disciplina.
En los días siguientes no dedicamos a recorrer el pueblo, sus alrededores y a visitar a algunos amigos y personas queridas, como la señora y el señor Martins, los padres de mi amiga Celina.
Ella había fallecido años atrás ahogada en la laguna cerca de la villa. El sufrimiento de sus padres fue mayor al no encontrar nunca su cuerpo, por lo que los motivos de su muerte fueron solo conjeturas.
Como sabía que disfrutaban mucho mis visitas y yo de su compañía, su casa resultaba una parada obligatoria que cumplía con gran placer.
Nos recibieron con alborozo, ya que me consideraban como una hija más. Tomamos el té con unas galletitas caseras exquisitas y charlamos amenamente. Por supuesto, siempre la conversación en algún momento giraba en torno a su hija. En cuanto veía que se ponían un poco tristes, les contaba historias graciosas de cuando Celina y yo éramos niñas, enseguida ellos contaban las suyas y todos terminábamos riendo.
Celina había sido muy buena pintora, y algunos de sus cuadros se encontraban en las paredes de la sala en la que estábamos. Recuerdo aquella vez que intentó enseñarme, ¡qué desastre! Ser pintora nunca fue, exactamente, una de mis cualidades. Sin embargo, me atraían mucho sus obras y por eso en varios cumpleaños recibí sus bellos cuadros de regalo.
Mi favorito mostraba una vieja cabaña rodeada de árboles y un lago con aguas color turquesa. Solía tenerlo colocado en mi cuarto; en la pared donde, justo enfrente, colgaba un espejo. De esa forma era lo primero que veía en la mañana, a menos que me despertara boca arriba. ¡Qué ironía que en aquel lago, que la había inspirado y que tanto me gustaba, ella, perdiera la vida! Y estaba allí para recordármelo todos los días. Por eso un día lo quité y guardé en el ático.
Nos despedimos de los Martins, que siempre me hacían prometer visitarlos nuevamente antes de partir.
También pasamos por la casa de Ana Wagner, otra amiga de la infancia que se dedicaba a enseñar danza clásica. Nos mostró un poco de la coreografía que preparaba para la fiesta de la fundación del pueblo, la cual no nos perderíamos por nada del mundo.
Los días transcurrían apacibles y disfrutábamos cada instante, hasta que un día noté algo extraño. Era un día lluvioso, Anabelle aprovechó la tarde para tomar una siesta y mamá, para variar, no estaba. No faltaba a sus clases ni en días tan horribles como ese.
Los días grises me inspiraban para leer, así que fui a la biblioteca a buscar un libro. Escogí una novela sobre piratas, de las que tanto me gustan.
Al girar sobre mis pies para dirigirme a la sala de estar lo vi allí, en la pared, mi cuadro, mi favorito. Me sorprendió que mamá lo sacara del ático sin preguntarme. Quedé impresionada por un momento; luego, al contemplarlo, me di cuenta que los sentimientos de dolor que me abrumaban en tiempos pasados se habían transformado. Quería tenerlo cerca y así recordar a Celina y su cara de felicidad al entregármelo.
Me acerqué para descolgarlo y llevarlo a mi cuarto. De pronto, al tenerlo tan cerca, noté algo extraño; no lograba explicar de qué se trataba. Hasta que me percaté.
En la esquina del cuadro figuraba la firma de mi madre en vez de la de Celina. No lo podía creer. No se trataba de una copia, deliberadamente ella había borrado el nombre anterior para escribir el suyo. ¿Con qué fin? ¿Qué la había llevado a hacer algo así con el cuadro?
Estaba un poco aturdida intentando comprender lo que sucedía. No sabía qué pensar, pero lo que sí sabía era que le pediría explicaciones en cuanto regresara a casa.
Me quedé en la sala de estar, ansiosa por respuestas. Para colmo, las manecillas del reloj antiguo parecían no avanzar. Hasta que al fin escuché que la puerta principal se abría y mamá entraba a la sala unos segundos después. Tantas horas de espera y de ansiedad me hicieron sentir lo mismo que una tigresa a punto de saltar sobre su presa.
Apenas la vi proferí casi frenética, al mismo tiempo que le mostraba el cuadro: ―¿Cómo pudiste hacerme esto?
Mi madre estaba un poco sorprendida por mi actitud y no comprendía bien a qué me refería. Tranquilamente contestó: ―Es un cuadro que pinté, querida. ¿Qué sucede, cuál es el problema con él?
―No es ningún cuadro que hayas pintado, este me lo regaló Celina en un cumpleaños, borraste su firma deliberadamente y colocaste la tuya.
―Escucha Helena, no hice nada de lo que dices, te lo juro. Puede que sea parecido, pero este cuadro lo pinté yo.
―¡Eres una mentirosa! ―grité fuera de mí; no podía controlar las palabras.
―¡Espera un momento! No me faltes el respeto ―exclamó al verme tan encolerizada.
―Yo lo guardé en el ático hace muchos años porque me traía recuerdos dolorosos ―continué―. Al verlo nuevamente sentí que ya no me provocaba tanto dolor, y cuando vi tu firma…
―Si pusiste tu cuadro en el ático es allí donde tienes que buscarlo, este es MÍ cuadro —me interrumpió.
Solo para evidenciar su culpabilidad salí corriendo hacia las escaleras y al ático. Una vez allí, comencé a arrojar por los aires todo lo que estorbaba en mi búsqueda, ya que no recordaba bien dónde lo había colocado. Estaba convencida de que no iba a encontrar nada, y casi sonreía de satisfacción al considerarme victoriosa.
Sin embargo, al abrir un baúl, sentí como si me estrellara contra un muro de concreto. Ahí estaba mi cuadro con la firma de Celina. Me senté en el suelo, mi cara expresaba incredulidad y mi mente era un remolino de pensamientos confusos.
Mamá llegó en silencio y se colocó junto a mí. No pude más que abrazarla y romper en llanto suplicando su perdón. Ella me estrechó muy fuerte y habló con suavidad: ―Creo que este cuadro te ha alterado más de lo que suponías.
“¡Qué vergüenza! ¿Cómo pude equivocarme tanto y haberla acusado de esa manera? Quizás todavía me duraba el estrés del trabajo” ––pensé.
Ella fue muy comprensiva conmigo, me recomendó relajarme más, y para eso preparó un baño de sales para ayudarme a dormir.
Por la noche desperté de repente y busqué el cuadro de mamá para compararlo con el mío. No podía haber cometido tal confusión. Aunque a simple vista eran idénticos, parecía lógico que después de tanto tiempo de no verlo los hubiera confundido. Lo que más los diferenciaba eran las firmas. ¡Qué increíble imitación!
 
El aniversario de la fundación del pueblo, llegó. Ese día fuimos allí con Anabelle a hacer unas compras. Ya todo estaba preparando para la celebración. La alegría de la gente era muy contagiosa. Por la tarde se realizaron juegos para grandes y chicos. Participamos en algunos y, aunque no ganamos, nos divertimos como nunca. Por la noche se llevaron a cabo las representaciones y conciertos. Mi amiga Ana bailó y mamá tocó el piano, ambas lo hicieron de maravilla. Aunque mamá equivocó algunas notas, sorprendió luego a todos cantando algunas canciones. No recordaba que tuviera tan hermosa voz. Me preguntaba cuántas cosas de ella desconocía.
A la mañana siguiente nos despertamos con una terrible noticia: Ana Wagner estaba muerta. Se comentaba que un animal la había atacado cuando regresaba a su casa después de la fiesta. Me extrañó mucho la causa de su fallecimiento ya que, por la zona, no existían animales que atacaran a los seres humanos. La curiosidad avivó la naturaleza investigadora de Anabelle y la mía. No pudimos mantenernos al margen, aunque no era de nuestra competencia. El comisario del pueblo, un poco reacio, finalmente nos dio acceso a la información. No tuvo opción ante la presentación de nuestras credenciales.
Primero solicitamos observar los restos de la pobre Ana. ¡Con razón no querían que nos inmiscuyéramos! Jamás habíamos visto algo igual. Allí estaba… solo el esqueleto. Limpio. Como si su cuerpo se hubiera descompuesto de forma natural. El forense analizó uno de los huesos y no encontró explicación para el estado en que se encontraban los restos. Según sus análisis, éstos tenían todas las características de provenir de una mujer muerta cuatro años atrás; solo se diferenciaban en el color. ¡Era imposible! Todos lo sabíamos, habíamos visto a Ana hacía apenas unas horas. Antes de retirarnos del lugar, Anabelle, de manera discreta, tomó una de los huesos de la mano y lo escondió entre sus ropas, al tiempo que yo conversaba con el forense para distraerlo.
Nos enfrentábamos a algo tan extraño, que comenzamos a pensar que se trataba de algo no relacionado con este planeta. Tuvimos que reportar nuestras sospechas ante la Comisión. Ya circulaban rumores en nuestro trabajo, de que algunas civilizaciones ocultas en la tierra habían traído consigo algunas plagas de otros planetas. No estaba confirmado, pero teníamos que permanecer atentas por si nos encontrábamos ante una de ellas.
Recibimos órdenes de investigar, por lo que nuestras vacaciones se alternaron con el trabajo. En secreto, para no inquietar a las personas del pueblo, enviaron nuestras herramientas para despejar toda duda. Ni siquiera se lo comentamos a mi madre, por el conocido refrán de “pueblo chico, infierno grande”. La noticia podía correr igual que una mecha encendida por todo el pueblo, si uno de sus habitantes se enteraba.
A la noche siguiente, una pequeña nave laboratorio bajó en lo más frondoso del bosque de álamos. No estábamos muy lejos del pueblo, aunque sí lo suficiente como para que no la descubrieran por accidente. Una vez que ingresamos, comenzamos a analizar el hueso que tomáramos “prestado”.
Luego de someterlo a varias pruebas, con resultados negativos, nos conectamos al laboratorio central de la Comisión, porque no contábamos allí con todos los elementos necesarios. Los informes fueron tan extraños como el caso en sí. El hueso había sido roído, se veían las pequeñas mordidas en el microscopio que casi se confundían con su textura. El interior poroso estaba totalmente limpio, como si le hubieran succionado toda su esencia orgánica. Los análisis del laboratorio del pueblo detectaron vestigios de un combustible fósil, aún desconocido para nuestra base de datos. Pero, lo más importante, era la evidencia de una presencia áurea de origen desconocido.
Este último descubrimiento nos desalentó un poco, ya que las presencias áureas, solo se encontraban en elementos provenientes de Xur, una galaxia ubicada en los límites del mapa estelar. No existía mucha información sobre ella, lo que retrasaba nuestra investigación.
Si algo nos desorientaba, eran los restos de combustible fósil. No encajaban de ninguna manera en el caso.
Recorrimos el lugar de los hechos y barrimos el área con nuestros analizadores. Éstos también registraban, en una zona de alrededor cincuenta metros, una presencia áurea. Todos eran datos nuevos y no teníamos ni idea contra qué nos enfrentábamos.
Volvimos a hablar con el comisario; así y todo, no pudimos sacar mucha más información. En la fiesta habíamos conocido a uno de sus ayudantes, y notamos que sentía atracción por Anabelle. Aprovechamos esta afinidad para sonsacarle algunos datos interesantes.
―Se supone que es información confidencial exclusiva del comisario. Aunque, la verdad, no es la primera vez que sucede ―comentó.
―¿Quieres decir que encontraron otro esqueleto en el mismo estado y no lo notificaron a sus superiores? ―inquirió Anabelle.
            ―No uno, sino varios ―su mirada expresaba satisfacción al lograr captar toda nuestra atención con sus palabras—. Ocurrió lo mismo con la señora Martínez hace varios años, y con el viejo chino Xian el año pasado.
            A la mujer no la conocía, no obstante me extrañaba que mamá no me hubiera avisado de la muerte del señor Xian. Quizás ella tampoco estaba al tanto.
            ―¿Por qué se mantiene en secreto la investigación? ―curioseé.
            ―¡Porque no hay ninguna investigación! Es que los casos se cerraron después de que a Bruno, el hijo del comisario, le ocurriera lo mismo durante la búsqueda. Algo descubrió, y sospecho que el comisario lo sabe, y por eso no quiere revelar nada, o tiene miedo de hacerlo. La cuestión es que los casos se dieron por terminados, bajo carátulas por las que se debe velar a los muertos a cajón cerrado, y así no causar pánico en el pueblo.
            Ya eran demasiadas muertes por causas desconocidas. Por lo visto, del comisario no obtendríamos mayor información de la que ya nos había proporcionado. Decidimos no insistir con él, para evitar alertarlo si es que se hallaba implicado en las muertes, pero lo observaríamos.
             Al regresar a casa, le pregunté a mamá por qué no me había contado lo sucedido con el señor Xian.
            ―¡Oh! ¿No te lo conté? ––respondió––. Estaba segura que sí, con tantas cosas en la cabeza se me debe haber olvidado.
           “¡Qué extraño, ella nunca omite ningún detalle de lo que ocurre en el pueblo durante mi ausencia, y menos algo como eso!” ––pensé.
 
           Pasaron los días y ninguna pista nos conducía a nada. Hacía mucho calor, Anabelle y yo decidimos ir al lago a nadar un rato. Al llegar allí, me di cuenta de que no traía el toallón en el bolso. ¡Con razón lo notaba tan liviano!
           ―Tómame el tiempo que tardo hasta que regrese. Voy a tratar de romper mi propia marca de velocidad.
           Pensé que me vendría bien algo de ejercicio. Anabelle preparó el cronómetro de su reloj y lo activó a la voz de “ya”. Salí velozmente tomando todos los atajos que conocía.
           En casa, subí las escaleras como un rayo directo a mi habitación, tomé el toallón y bajé. Ya salía, cuando el sonido de música clásica atrajo mi atención. Yo no poseía mucha cultura sobre esa clase de música, aunque la melodía me resultaba conocida. Se suponía que mi madre estaba en su clase de canto, por lo que me acerqué cautelosa a la sala.
           Mamá recorría todo el cuarto bailando al son de la música. Primero me desconcertó un poco verla bailar, aunque no lo hacía nada mal. Se detuvo y puso el tema desde el principio. Ahí lo reconocí, ¡era el que había bailado Ana en la fiesta de la fundación de pueblo! Comenzó a danzar exactamente igual que mi amiga. No se equivocaba, sus pasos eran precisos. Quedé hipnotizada un instante, mirándola incrédula. Estaba por terminar y entonces yo, sigilosa, regresé al lago, antes de que me descubriera espiándola.
          ―Has roto la marca de tiempo de una tortuga renga. ¿Qué te quedaste haciendo? ―inquirió Anabelle riendo.
          No lograba hablar por el cansancio, y tampoco salía de mi asombro. Le comenté lo ocurrido para ver qué opinaba de la situación.
          ―Tu madre no es tan vieja para no haber aprendido a bailar. No me resulta raro.
          ―¿No? Mamá jamás ha podido bailar clásico, porque tiene una deformación de nacimiento en los dedos de sus pies. Además, ¿cuándo aprendió? La única en el pueblo que pudo haberle enseñado era Ana, y me extraña que no lo comentara cuando la visitamos.
          ―Bueno, ahora diría que es completamente raro. ¿Cómo es posible que antes estuviera imposibilitada para bailar y ahora no?
          ―Eso está carcomiendo mi cerebro desde que la vi. Y lo vamos a descubrir.
 
          Desde ese día nos concentramos en vigilar los movimientos de mi madre. En tanto yo revisaba la casa, Anabelle la seguía. Empecé de abajo hacia arriba sin ningún resultado. Me llevó varios días hasta que al final solo quedaba el jardín, que era bastante grande. Nunca me había detenido a mirar la gran variedad y cantidad de plantas que crecían allí. Algunas zonas parecían casi una selva.
          Al acercarme a una exótica flor sentí que mi pie tropezaba con algo. Aparté la vegetación y encontré lo que supuse eran los élitros de un escarabajo: unas alas endurecidas que recubren a otras más finas, con las que vuela. Cuando los élitros están cerrados sobre el insecto forman un caparazón duro. Me asombró un poco el tamaño, tendrían unos diez centímetros de longitud, y su color negro brillaba igual que el charol. Sabía de la existencia de esa clase de escarabajos, pero no resultaba común su presencia por esas regiones del planeta. Nunca me habían gustado los insectos y me estremecí un poco al imaginar el resto del bicho vivo. En ese momento Anabelle me avisó que mamá regresaba a casa y, solo por curiosidad, llevé los élitros para analizarlos en el laboratorio.
          Según los reportes de mi compañera, mamá iba casi todas las tardes al mismo lugar; una casa ubicada a tres kilómetros del pueblo, donde era imposible entrar o ver algo del interior. Las ventanas y las puertas parecían selladas y los vidrios estaban oscurecidos. Necesitábamos descubrir la manera de ingresar sin que ella, o quién se encontrara dentro, lo notara.
           Nuestros superiores, al tomar conocimiento del problema, enviaron el prototipo de un dispositivo de seguimiento llamado “el guardián”. Se trataba de una esfera que se volvía invisible, con una cámara en su interior y que, volando, seguía al sujeto para observarlo a una distancia conveniente.
 
           Por la mañana pusimos en funcionamiento el aparato y, desde el laboratorio, controlamos los movimientos de mi madre hasta aquella casa. El guardián logró entrar con ella. El interior era bastante oscuro, pero la cámara mostraba todo como si hubiese suficiente luz. El lugar carecía de muebles y no se notaba nada fuera de lo común, excepto la actitud de ella.
            Se colocó en el centro de una gran sala y extendió sus brazos. Comenzó a escucharse un sonido cada vez más fuerte, que aturdía y atemorizaba. Parecían golpeteos, o algo por el estilo, mezclados con otros sonidos muy agudos. El analizador indicó que era emitido por insectos, aunque no conseguía determinar de qué clase.
            De pronto el ruido se suavizó, y por todo el lugar empezaron a volar cosas. No podíamos identificarlas a simple vista, por la rapidez de sus movimientos. Giraban en torno a mi madre produciendo una luz verde cargada de potente energía. Esa luminosidad entró por su boca extasiándola hasta caer desmayada. Abrió los ojos, ahora verde luminiscentes, y se reincorporó. Lo que volaba desapareció y mamá salió del lugar junto con el guardián. Como si nada hubiese ocurrido, se dirigió hacia el pueblo, más específicamente, a su clase de piano.
           Me encontraba atemorizada y con una gran angustia. No entendía bien lo que sucedía; sin embargo, mi instinto decía que no era nada bueno. Anabelle me tomó la mano con fuerza: ―Sabes que, sea lo que sea, averiguaremos lo que está ocurriendo con tu madre.
           No podía hablar por lo consternada que estaba, solo asentí con la cabeza. Entonces ella me abrazó para hacerme sentir que no estaba sola. Ambas presentíamos que esta investigación no tendría un buen final, por más que ninguna hizo comentario alguno sobre nuestras corazonadas. Sería admitir nuestra derrota antes de comenzar.
           Revisamos todos los datos enviados por el guardián con el analizador. Identificamos la misma presencia áurea manifestada en el hueso y en la zona donde lo habían encontrado, y los mismos rastros de combustible fósil. Los que vimos volando eran, nada más y nada menos, que unos inmensos escarabajos; de manera irrefutable, no pertenecían a la tierra. Al parecer provenían de la galaxia Xur. Debíamos seguir investigando para descubrir las características de esos insectos y determinar si se trataba de una especie benigna o maligna para el planeta y los humanos.
            Recordé los élitros que había encontrado, pero el examen no reveló nada nuevo, solo que pertenecían a uno de esos escarabajos. En el centro de datos no se hallaba información sobre algo parecido. No sabíamos cómo se comportaban, de qué se alimentaban, ni qué hacían con mi madre.
 
            Llegó la noche. La cena transcurrió con normalidad, o al menos eso pareció. Esa noche el guardián continuó vigilando los movimientos de mamá. Aunque fue en vano, ella durmió toda la noche. Por lo que solicitamos un segundo guardián para que investigara los movimientos de los escarabajos.
           Así, cuando por segunda vez mi madre volvió a aquella casa, la acompañaron los dos guardianes. La situación que se produjo allí fue exactamente la misma que ya habíamos presenciado. No obstante, al salir ella, el segundo de los guardianes se quedó explorando. Pasaron unas horas y creíamos que la labor del prototipo era inútil. Los escarabajos, que conformaban varios centenares, no se movieron.
          Al final del día nos marchamos a dormir; la computadora del laboratorio ya nos alertaría sobre alguna actividad por parte de los observados.
          Apenas había pasado la medianoche, cuando la señal de alarma del laboratorio nos despertó. Nos escabullimos hasta la nave. Mamá seguía durmiendo, al tiempo que los escarabajos estaban comenzando a hacer el mismo ruido ensordecedor. Luego volaron frenéticos por toda la casa y salieron por una de las ventanas del primer piso, que se abrió a su paso.
          El guardián II nos enviaba una visión excelente. Los siguió volando en la noche. Avanzaron como una nube negra hasta mi casa. Por un momento temí por mamá. Pero se dirigieron hasta el fondo del jardín y se sumergieron en un estanque del cual yo desconocía su existencia. Se mantuvieron un buen rato dentro de él y de repente salieron volando nuevamente.
          Se trasladaron hasta una casa cercana al centro del pueblo. La reconocí en seguida: pertenecía a la señora Zucchi, la profesora de piano de mi madre. Se posaron sobre la casa cubriendo el techo casi por completo. Cuando las luces se apagaron, los escarabajos se metieron por la ventana abierta del dormitorio. Atacaron a la profesora y, en cuestión de segundos, solo quedaron los huesos. Luego volaron hasta el estanque, se sumergieron, y a los pocos segundos salieron hacia su nido. Allí permanecieron sin moverse durante algunas horas.
         Nada pudimos hacer, solo informar lo ocurrido ante la Comisión. No éramos exterminadoras de plagas ni nada parecido, sino unas simples investigadoras. Decidimos ir a dormir antes de que mamá notara nuestra ausencia, lamentándonos por el triste final de la señora Zucchi.
         Por la mañana, mamá fue al encuentro de los escarabajos mientras nosotras nos dirigimos hacia el estanque. Nos acercamos cautelosa y dificultosamente, ya que la vegetación era muy densa. Los rastreadores indicaban que no había ningún escarabajo cerca, ni dentro del estanque. Tampoco se encontraban residuos sólidos dentro de él, solo líquido. Pero lo que sí se detectó fue la presencia de un alto nivel de calcio disuelto en un combustible desconocido.
          Volvíamos a casa cuando escuchamos la música del piano. Mamá, extasiada, tocaba como nunca lo había hecho. Apenas nos vio entrar nos invitó a escucharla. Así nos dio un recital sin cometer ningún error en su ejecución. Al finalizar, la felicitamos y agradecimos el concierto. Esperaba que no se percatara de que yo sentía un poco de aprensión hacia ella, ya que no sabía si, en realidad, se trataba de mi madre.
           Al regresar al laboratorio vimos la grabación del seguimiento del guardián I. La situación que habíamos visto al principio, se repitió. Con Anabelle llegamos a una conclusión: al parecer, el fenómeno que ocurría en aquella casa le confería a mi madre las aptitudes de las personas atacadas por los escarabajos y, por lo tanto, todos sus conocimientos provenían de esas personas muertas.
            Pensé en Ana y el terror que debió sentir frente a los escarabajos. Recordé también al amable señor Xian, y quién sabe cuántas personas más que yo podría desconocer. De pronto vino a mi mente la imagen de Celina, ¿le ocurriría lo mismo? No, era imposible, eso había sucedido mucho tiempo atrás, me negaba a creer que a ella le hubiera pasado lo mismo.
            ―Eso explicaría la similitud de estilos para pintar ―manifestó Anabelle.
            No. No podía concebir la idea de que esta situación ocurriera desde hacía tanto tiempo.
            En ese momento recibimos información de la Comisión. Se habían contactado con un habitante de la galaxia Xur que poseía datos importantes de los escarabajos. Se trataba de insectos carnívoros que solo habitaban en el planeta Wainikkala. Aunque de alguna manera habían logrado salir de ese lugar.
            La Comisión envió a dos exterminadores para detener la expansión de los escarabajos.
―Tenemos otra mala noticia ―indicó mi jefe.
―¿Más? ―respondimos ambas al mismo tiempo.
             ―Estos insectos están controlados por un líder, que se distingue porque es de color dorado y es más pequeño que los demás. Pero lo más importante, es que se aloja dentro de otros seres vivos. Los utiliza para transformar en alimento la energía que le transmiten sus súbditos luego de comer. Es un extraño proceso de fotosíntesis insectil.
―¡O sea que mi madre tiene un insecto adentro! ―exclamé en voz alta, aunque hablando conmigo misma.
―¿Cómo van a exterminarlos? ―Anabelle hizo la pregunta que no me atrevía a enunciar.
             ―Para que no se dispersen, primero destruiremos la colonia y luego al dominante. Helena… ―sus palabras se tornaron más suaves y lentas―, es muy difícil para mí decir esto… pero lo último es imposible hacerlo sin causar la muerte del ser vivo en el que está alojado. Porque reside en el cerebro —evitó nombrar a mi madre.
            Una parte de mí se encontraba preparada para esa noticia. Cuando una plaga se presentaba siempre debía sacrificarse algo o a alguien por el bien común. Y en este caso, ese alguien, era mi madre. Reprimí el dolor. Al terminar la comunicación las lágrimas corrieron por mis mejillas. Si bien racionalmente aceptaba la situación resignada, mi corazón no.
            ―Tiene que haber una manera de eliminar ese insecto sin dañar a tu madre ―Anabelle caminaba de un lado a otro tratando de hallar otra salida.
            ―Gracias Anabelle; ambas sabemos bien que no existe otra solución. Haremos lo que se deba hacer.
Anabelle no quería aceptarlo, a pesar de que yo ya lo había hecho. Al regresar, a mitad de camino, nos topamos con mamá.
―¿De dónde vienen? ¿Pensé que habían ido al lago?
―Es que… como está más fresco en el bosque, decidimos caminar un poco allí —expliqué.
            —Ya falta poco para que se marchen a tu casa, Anabelle, y he decidido pasar todo el tiempo posible con ustedes.
            La noticia nos perturbó un poco, ya no podríamos indagar con tanta facilidad. ¿Sospecharía algo? De todos modos simulamos estar muy contentas con la decisión. Serían mis últimos días con mi madre. ¿Sería ella en realidad?
            A partir de ese instante, mamá nos acompañó en todo momento. Solo cuando oscurecía podíamos ir al laboratorio para continuar con la investigación.
           
           Una noche lo encontramos completamente destrozado. Incluso encontramos los dos guardianes destruidos: nos habían descubierto.
           Debíamos salir de ese lugar de inmediato, estábamos desprotegidas, ya que los exterminadores enviados por la Comisión no habían llegado aún. Nos dirigimos al pueblo, allí sería más fácil ocultarnos. Al caminar, comenzamos a escuchar un sonido que aumentaba con cada paso que dábamos. Nuestro andar se aceleró aún más al reconocer el aleteo de los escarabajos. Estaban tras nosotras. Corrimos con todas nuestras fuerzas, pero fue inútil, los escarabajos bajaron a tierra y nos rodearon.
           Nos detuvimos. Ellos se quedaron a nuestro alrededor batiendo sus alas, como esperando que alguien les ordenara lo que debían hacer. No teníamos escapatoria, nos encontrábamos a su merced. Solo pudimos esperar a que las cosas sucedieran.
            Oímos que alguien se acercaba. En la oscuridad distinguimos una figura de la cual solo se veían sus luminosos ojos verdes. Supimos que era mi madre, aunque una voz extraña provenía de ella: ―Parece que subestimé su capacidad de investigación. Un error que no se volverá a repetir, ya que al unirnos tendré los conocimientos suficientes para garantizar la supervivencia de nuestra especie.
 ―¡Mamá, por favor protégenos! ―grité.
             ―Ella no puede hacer nada por ustedes, como no pudo hacer nada por tu padre, que fue el primero en descubrirnos, un hombre muy perspicaz. Aunque… pensándolo bien, la que primero nos encontró fue tu amiga, la pintora, una deliciosa casualidad.
No lo creía, no solo había matado a Celina sino también a mi padre. ¡Y ahora era nuestro turno!
            De pronto, desde el cielo, un haz de luz quebró la oscuridad, envolviéndonos a Anabelle y a mí dentro, cual si fuera un escudo protector. Al hacer contacto con el suelo otra luz se expandió velozmente por la tierra desintegrando a los escarabajos por contacto. Algunos lograron escapar volando y se volvieron para atacar a los exterminadores, otros transportaron a mamá conduciéndola a través del bosque. Los exterminadores eran infalibles; una vez que acabaron con el grupo volador, se dirigieron hacia el líder.
             Nosotras, al desactivarse el escudo, recibimos un arma cada una para protegernos; no obstante, salimos corriendo tras mi madre… o lo que quedaba de ella.
              Los exterminadores trataban de destruir al grupo, pero estos escarabajos se habían colocado de tal manera que formaban una defensa casi imbatible alrededor del líder, evitando que los rayos del arma enemiga lo destruyeran. Cuando un escarabajo caía, inmediatamente otro lo reemplazaba.
Así, los insectos llegaron hasta su nido.
            Una gran explosión destruyó la casa antes de que pudieran franquear la puerta, y fueron despedidos por el impacto: todos murieron al instante.
             Casi sin aliento, nos acercamos al cuerpo de mamá. Me arrodillé a su lado e instintivamente acaricié su rostro, donde la piel aún se hallaba intacta. La había liberado, aunque sabía que su espíritu estaría para siempre conmigo.
             En ese momento su cerebro comenzó a abrirse, y emergió un escarabajo de color dorado, del tamaño de un puño. Nuestras armas lo apuntaron al instante, pero al salir por completo cayó hacia un lado, boca arriba.
             Disparé sobre él con furia hasta desintegrarlo, solo quedó un hueco en el suelo, marcando el fin de ese detestable insecto.
―Lo siento, debo destruir el cuerpo también —el exterminador estaba junto a mí.
―Lo sé ―accedí apartándome.
―Has liberado a tu madre del dominio de esa plaga —Anabelle puso su mano en mi hombro.
             ―Sí, puedo sentir que su espíritu está en paz. Mi mente a veces me traiciona pensando que ese inmundo insecto en parte me crió, y creo que voy a volverme loca.
             ―¡Jamás vuelvas a pensar eso! Si hubiese sido solo por ese escarabajo, ya no existirías. De alguna manera tu madre logró mantenerte a salvo. En adelante, deberemos tener más cuidado porque son excelentes simuladores, aunque no tan inteligentes ni tan fuertes como para sobrevivir en este planeta.
 
             El cuerpo fue destruido. Creímos que ese había sido el final, pero era solo el principio de varias apariciones de la plaga. Los exterminadores retrasaron su llegada porque, a algunos kilómetros de allí, se toparon con un grupo de escarabajos que atacaba otro pueblo.
             Nuestra investigación sirvió para aportar datos sobre esa especie. Descubrimos que el estanque de combustible contenía, aparte del calcio proporcionado por las víctimas, sustancias desconocidas aún, que le otorgaban una dureza extraordinaria a los élitros de los escarabajos.
             Siguiendo con la exploración, comprobamos que los huesos humanos encontrados en distintos lugares, cumplían la función de marcadores de territorio. Así, ningún otro escarabajo dominante se acercaba a esa zona, porque las presencias áureas eran distintas y exclusivas de cada insecto líder y su grupo.
              El comisario había ocultado todo, solo por temor a lo desconocido. Los habitantes del pueblo nunca supieron de la presencia de los escarabajos y la explosión fue aducida a un escape de gas.
 
             Antes de partir hacia la casa de Anabelle, visitamos otra vez a la señora y el señor Martins, quienes advirtieron la ausencia de mi madre.
―Ha decidido vivir con una amiga en la costa ―aclaré.
―¡Qué bien! Pero… ¿quieres decir que ya no vendrás por aquí? ―expresó un poco triste el señor Martins.
            ―No se preocupen, no venderemos la casa. Seguiré viniendo todas las veces que pueda ―esta última declaración devolvió la alegría a sus rostros preocupados.
Cuando nos despedíamos, una Vaquita de San Antonio se posó en mi brazo.
―¡Tendrás buena suerte! ―manifestó la señora Martins.
              Acerqué mi dedo, y la Vaquita se trepó a él. La soplé hacia el cielo, y de inmediato abrió sus alas y se marchó volando. Después de todo, aún existían escarabajos que nos producían alegría al verlos, y nos recordaban lo bien que había hecho Dios al crearlos.
 
Corregido por Hilda Lucci.

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