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Invasión al destino

Invasión al destino

Por Alejandra G. Galli

 

¿Crees en el destino?…

 
El cielo se encontraba maravillosamente despejado, aunque sin luna. Era una típica noche de verano y parecía estar hecha de manera especial para el partido de rugby que íbamos a presenciar. El verde del césped se veía intenso bajo la luz de los reflectores. A pesar de la fuerte iluminación, podíamos ver las estrellas, que aparentaban estar más cerca que nunca.
Dio comienzo el partido, y nos concentramos en el desenvolvimiento del juego. No obstante, algo en el cielo atrajo mi atención. Los vi con gran claridad. Unos misiles enormes quebraron la serenidad. Quedé petrificada, aunque el terror comenzó a apoderarse de mí al advertir que uno se dirigía hacia nosotros. Grité, pero mi grito se mezcló con el de las demás personas, cuando el silbido del proyectil al acercarse, se escuchaba con fuerza. Corrí lo más rápido que pude; comprendí que mi hora había llegado. Iba a morir. ¡Todos íbamos a morir! Siempre imaginé que en los últimos instantes de mi vida le rezaría a Dios. Y tuve razón. Porque lo hice mientras corría, implorando su ayuda.
Algo incomprensible sucedió. Al caer la bomba, la onda expansiva me elevó y expulsó lejos. Para mi sorpresa no estaba muerta, ni siquiera herida, solo un poco magullada por la caída. Al levantarme todo daba vueltas. El primer impulso fue huir del lugar, con la sensación del suelo moviéndose bajo mis pies. Con las pocas fuerzas que aún conservaba, en un estado de mareo y confusión terrible, llegué hasta una medianera que lindaba con el club. Sin entender cómo, me encontré del otro lado. Quizás fue esa fuerza extra que sale cuando uno lucha con desesperación por su vida.
Me hallaba en el parque de una casa, colmado de pinos y tuyas que lo oscurecían aún más. Necesité unos segundos para recuperarme de la caída. Escuché lejanos ladridos. Unos perros se aproximaron tropezando: ellos también estaban atontados. Melevanté y avancé tambaleante. Parecía que a cada paso iba a desmayarme. Logré recorrer un sendero empedrado hacia el portón de entrada de la propiedad que estaba entreabierto y, vacilante, lo crucé.
Apenas lo franqueé, el terror aclaró mi mente. En la calle, a algunos metros de distancia, se veían transportes muy extraños. De ellos descendieron numerosos robots armados que disparaban contra todas las personas. Giré la cabeza hacia la derecha y con dificultad vi que uno estaba apuntándome. Di un paso atrás pidiendo ayuda. Al instante el impacto del arma me derribó sin sentido sobre la acera.
* * *
―¡Ay, mi cabeza! ―exclamé tocándome la frente.
Me sentía bastante bien, excepto por el dolor de cabeza, y podía moverme, aunque con lentitud.
Estaba recostada y me incorporé para observar el lugar donde estaba. Era un gran cuarto metálico, donde unas placas rectangulares fijadas a las paredes hacían la función de camas. A simple vista no había puertas. Tampoco estaba sola, varias personas trataban de comprender qué sucedía. Al ver que recobrara el conocimiento, un hombre de unos 50 años, vestido con una túnica celeste, se acercó. En ese instante noté que yo vestía una túnica igual.
―Hola. ¿Te encuentras bien? ―se interesó.
―Sí. Solo un poco atontada, gracias. ¿Dónde estamos? ―pregunté desconcertada.
―Nadie aquí sabe nada. Ni siquiera cómo llegamos. Al parecer hace apenas unos momentos que empezamos a despertar y ya vestíamos así.
El hombre iba a seguir hablando, pero una voz lo interrumpió.
―¡En fila! ―resonó la orden en el cuarto.
De manera involuntaria, mis piernas me colocaron detrás del hombre que se había acercado. No podía controlar el cuerpo. Por suerte, mi mente estaba despejada, aunque algo incrédula ante lo que sucedía. Las demás personas se ubicaron atrás. Delante, la pared desapareció, dejando al descubierto un salón que conectaba con otras habitaciones. También había un pasillo y una escalera por donde otra gente, con el mismo atuendo, caminaba en hilera.
Un ser alto, calvo, definitivamente no humano y ataviado de forma extraña con una larga túnica negra, se presentó ante nuestras sorprendidas miradas. Llevaba unos anteojos muy grandes y espejados que impedían ver sus ojos, lo que le daba un aspecto parecido al de una mosca.
Con breves palabras despachó al hombre delante de mí. Anotó algo en una especie de computadora de mano, y luego me miró. Su boca se curvó en una sonrisa de satisfacción.
―¡Ah! Las mujeres son siempre bienvenidas. Tengo la ubicación exacta para ti. Preséntate con el teniente Kirsham ―ordenó.
Y como si supiesen a dónde ir, mis piernas comenzaron a caminar sin que pudiera impedirlo. Solo podía mover libremente los ojos y realizar pequeños giros con la cabeza.
Me dirigí, o mejor dicho, me dejé llevar hacia la escalera y subí por ella. Los pensamientos cruzaban mi mente en una carrera desenfrenada, tratando de encontrar explicaciones y viendo la posibilidad de escapar de esa situación. Evidentemente, éramos esclavos. Tenía que hacer algo antes de llegar a destino, respecto al cual, presentía, no iba a resultar nada agradable.
Mientras estaba concentrada en estas cuestiones, una explosión me sacudió contra la pared. De forma inesperada, recuperé el control de los movimientos. Una nube de humo invadió el ambiente y la alarma comenzó a sonar. Lo primero que logré hacer fue correr. No sabía hacia dónde, lo único que comprendía era que debía evitar a esas personas extrañamente vestidas, y a los robots. ¡Qué miedo me inspiraban aquellos androides! Quizás porque, al carecer de sentimientos, no tendrían piedad si me enfrentaba con uno de ellos.
Otros, que también habían recuperado el control de sus cuerpos, corrían en todas direcciones. Al instante, los temidos robots aparecieron. El pánico se apoderó de mí, no podía dominarme. Abrumada por el miedo, me afirmé contra una pared como suplicando porque ésta me ocultara. La gente comenzó a caer paralizada bajo los disparos. De pronto, mi deseo se hizo realidad. El muro desapareció y caí de espaldas. Instintivamente, mis brazos amortizaron un poco el golpe. La pared se materializó de nuevo. No podía reaccionar con rapidez a causa del pánico. Alguien se acercó y me ayudó a levantar.
―Te estaba esperando.
Una voz grave, pero gentil, trató de sacarme del estado de conmoción en el que me encontraba. Comencé a aflojarme al advertir que estaba fuera del alcance de los robots. Sin embargo, al ver de quién provenía aquella voz, no logré tranquilizarme del todo. Comprendí cómo debió de haberse sentido Gulliver en el país de los gigantes. Ese hombre ―por llamarlo de alguna manera― medía alrededor de tres metros ¡Era un coloso! Aunque, debido a mi escasa estatura, cualquiera de más de un metro ochenta podía ser un gigante.
Era uno de los hombres vestidos de negro. Sin embargo, este se veía distinto, o quizás yo lo percibía de manera diferente. Posiblemente, porque sonreía y no llevaba las gafas puestas. ¡Con razón cubrían sus ojos, eran casi blancos! En otra persona hubieran causado impresión, pero en él resultaban fascinantes. En su cabeza, unas ondas que sobresalían, imitaban cabello negro. Su tez cobriza perlada resaltaba aún más el color de sus pupilas. Aquel ser me atrajo de inmediato, aunque no tomé conciencia de ello en ese momento.
―Soy el comandante Teryan, y estoy a cargo de esta nave.
Su voz era sedativa.
Reaccioné de repente. ¡Qué mala suerte! De todas las personas o entes que se encontraban en la nave, justo me había topado con el de mayor jerarquía. ¿Y ahora? Sabía que a bordo de una nave espacial no iba a llegar muy lejos si no estábamos en tierra. Lo mejor sería comportarse con amabilidad y, mientras tanto, planear el modo de escapar de allí.
―¿Cómo te llamas? ―preguntó con tranquilidad.
Me di cuenta de que todavía sostenía mis manos luego de ayudarme a levantar. Instintivamente lo solté, al sentir cómo una ola de calor subía hasta mis mejillas, aunque desconocía el motivo.
―Gema.
―Extraño nombre.
―Claro, porque el suyo es tan común ―me precipité a decir.
Al instante mordí mis labios al creer que lo había ofendido. La risa del comandante resonó como un trueno en toda la habitación. Casi morí del susto.
―Veo que tu controlador dejó de funcionar. Debo solucionar eso.
―No, por favor, no lo haga. Presiento que esto no debe ser así ―supliqué.
No terminé de hablar cuando, tomándome por los hombros, me hizo girar. Levantó mis cabellos con una mano, mientras con la otra colocaba su muñeca sobre la nuca.
―Perteneces al teniente Kirsham. ¡Ya estás asignada! ―dijo apartándose.
Noté algo de sorpresa en la expresión de su cara. Enseguida toqué mi nuca para saber qué tenía colocado; sin embargo, no sentí nada.
―Todos los esclavos poseen un controlador implantado en la nuca, el tuyo se ha desactivado con la explosión ―agregó, ante mi incertidumbre.
―Por favor ―volví a suplicar―. ¡Libéreme, tenga piedad de mí!
Su humor había cambiado; lo advertí en la transformación repentina del color de sus ojos, los cuales se tornaron negros. La angustia y la impotencia nublaron los míos. El comandante, un poco brusco, puso su mano de nuevo sobre mi nuca. De inmediato sentí que los músculos del cuerpo se tensaban. Era imposible controlarlo. Lo miré afligida y, al parpadear, una lágrima cayó sobre su brazo. Él la contempló inmóvil por un instante.
La pared se volvió a desmaterializar y reanudé el camino hacia mi destino inicial. El pasillo estaba libre de todo rastro de conflicto. Otra vez, los esclavos marchábamos rígidos.
Fui conducida a través de interminables pasillos y ascensores hasta detenerme frente a una pared. Entré al desaparecer ésta. Eran las habitaciones del teniente que, por suerte, no se encontraba allí. La sala no tenía mucho mobiliario. Unos sillones, una mesa con sillas alrededor, una pantalla con la imagen del espacio exterior. Todo de metal gris y de grandes dimensiones. Un ambiente bastante frío a pesar de la temperatura agradable.
En ese momento recuperé el control del movimiento aunque me sentía agotada. Tomé asiento en uno de los mullidos sillones. No había nada que hacer ni adonde ir. Casi al instante me dormí.
Desperté de un sobresalto cuando una mano acarició mis cabellos.
―No te asustes. Soy tu protector.
Me levanté rápido para alejarme del teniente que me miraba con horribles ojos totalmente negros.
―Aquí puedes andar libremente, solo si obedeces mis órdenes, de lo contrario activaré el controlador.
Su voz me desagradaba tanto como su presencia.
Aunque un poco más alto, se parecía al ser con el que había conversado hacía unos instantes. Una energía negativa provenía de él; eso me puso en alerta. Se dirigió hacia una pared de costado que desapareció y dejó al descubierto otra habitación. Allí había una gran cama y no muchos muebles más a la vista.
―Nosotros, los warkis, tenemos muchas costumbres y necesidades parecidas a las de los humanos. Es por eso que estamos tomando tu planeta. Necesitamos reproducirnos rápidamente y así expandirnos.
Sonrió al ver que mis ojos se agrandaban al entender lo de reproducirnos. Corrí al otro cuarto tratando de que alguna pared se abriera; sin embargo, fue en vano. El controlador se activó con su voz.
―Ven aquí y desvístete. Será un procedimiento rápido.
¡Un procedimiento! Me horroricé. Al mismo tiempo y, de manera involuntaria, comenzaba a quitarme la túnica, mientras él hacía lo mismo. Otra vez la impotencia y el odio humedecieron mis ojos. De pronto, un sonido extraño captó la atención del teniente. Se vistió con rapidez y salió del cuarto sin explicación alguna.
Allí quedé parada y sin ropas, dando gracias a la campana salvadora. Aunque solo retrasaba lo inevitable. Me consolé pensando que quizás sería una vez y nada más.
Pasó un buen rato hasta que sentí una brisa en la espalda.
“Llegó la hora” ―pensé.
Oí que unos pasos se aproximaban, y la angustia volvió. Me resigné, deseaba que fuera lo más rápido posible. Inesperadamente, fui cubierta otra vez con mi túnica y liberada del controlador. Al girar, el comandante estaba frente a mí. Una sensación de cansancio y tranquilidad hizo que mis piernas se aflojaran, luego de tanta tensión. Hubiera caído a no ser porque me alzó en brazos y me condujo hasta donde nos encontráramos por primera vez. Me recostó en una cama y se marchó. No entendía bien lo sucedido, pero me alegré de salir de aquellas tortuosas habitaciones.
Perdí la noción del tiempo, no sabía si era de día o de noche, o cuánto tiempo llevaba allí. Miré a mi alrededor. Una pantalla reflejaba la imagen de un bosque muy frondoso cruzado por una cascada. Se alcanzaba a escuchar el murmullo del agua. Recorrí los dos sectores hasta que no hubo nada más por examinar.
Él regresó. Llevaba las gafas puestas. Al entrar se las quitó y sonrió. ¡Cómo me hechizaba esa sonrisa!
―Hubo una falla en el sistema. Si no nos hubiésemos encontrado antes por casualidad, tu destino hubiera sido otro ―aseguró.
Parecía satisfecho de haber corregido el error.
En ese momento, me di cuenta de que quizás seguía asignada para el mismo fin. El comandante percibió mi inquietud, y comenzó a hablar sobre las funciones que desarrollaría por estar bajo su protección. Sabía de mis estudios de botánica, por lo que trabajaría en el archivo de clasificación de ciertas plantas. Debía cooperar con él, no tenía opción.
―¿Puedo creer que colaborarás conmigo? ―preguntó.
Si no lo hacía, mi destino podría ser peor del que ya era. No dañaba a nadie con ese trabajo, por lo que contesté afirmativamente. Además, trataría de ganar su confianza, quizás así tendría alguna oportunidad de escapar.
Comencé casi de inmediato. No fue tan fácil que confiara en mí, como había supuesto. Pasaron varios días. La estadía en la nave resultó agradable en compañía del comandante. Yo dormía en una sala común con otras esclavas y trabajaba en un laboratorio para cumplir con las funciones que me habían encomendado. En el dormitorio los controladores eran desconectados; sin embargo, nos mantenían vigiladas para evitar cualquier problema. Por lo tanto, no podía comentar el plan de escape ni nada que se le pareciera.
Día a día me fui interiorizando más sobre el funcionamiento de la tecnología que utilizaban. Solo lo necesario para la huida.
Al final de cada jornada de trabajo, con el comandante disfrutábamos de largas pero amenas charlas. Así conocí los motivos por los cuales habían venido a la tierra.
La historia se remontaba a su juventud, en un planeta de otra galaxia llamado Kaly. Allí habían convivido dos civilizaciones, los warkis y los shemaq. Durante algún tiempo, ambas se desarrollaron en paz, cada una por su lado. No obstante, los recursos naturales del planeta comenzaron a escasear, especialmente en los territorios shemaq. Por esta cuestión se iniciaron los conflictos.
Los shemaq se reproducían mucho más rápido que los warkis, por lo que su población se expandió en poco tiempo. Las mujeres warkis solo concebían una vez en la vida, lo que no implicaba impacto negativo sobre sus recursos. Incluso comercializaron algunos con sus vecinos; sin embargo, no fue suficiente para evitar los problemas. Éstos crecieron hasta llegar a una gran guerra por la adquisición de tierras; pero, fundamentalmente, por la supervivencia. Los warkis permitieron uniones mixtas que aumentaron la tensión con los shemaq. Ellos lo tenían prohibido. El comandante había ingresado en las fuerzas activas para luchar en defensa de las tierras warkis.
Finalmente la victoria la obtuvieron los shemaq. Eran demasiados y habían desarrollado mucho más sus armas de guerra. Todos los participantes de las fuerzas activas resultaron enjuiciados y condenados a distintas funciones. Los habitantes pasivos fueron confinados a territorios desérticos, haciéndolos dependientes de los pocos recursos que les ofrecían los shemaq. El comandante tuvo como castigo trabajar de esclavo durante muchos años y, al terminar su sentencia, fue expulsado de Kaly junto con otros warkis que también habían completado su pena. A ellos se sumaron otros pasivos que no soportaron más la vida que llevaban.
Poco a poco fueron fabricando robots para las fuerzas activas, a fin de evitar pérdida de vidas en las expediciones. El hecho de conocer otras culturas les sirvió para modernizar su tecnología y construir muchas naves más. Durante algún tiempo deambularon por distintas galaxias para obtener alimentos y todo lo que necesitaban para vivir, a la vez que buscaban un lugar definitivo para instalarse. De esta manera llegaron a la tierra.
Comencé a conocer y comprender mejor las acciones de su pueblo, lo que no quería decir que las justificaba. Me sentía muy cómoda con él, como si nos conociéramos de siempre. También noté que el rasgo de ser amable no figuraba en su carácter habitual. La relación con los demás warkis y los esclavos era bastante ruda, incluso más aún con estos últimos. El trato distintivo me hizo volver a sentir mayor seguridad. Y mucho más cuando desconectó el controlador definitivamente; esto me daba a entender que depositaba algo de su confianza en mí: había logrado el primer objetivo.
Sabía que desde la captura no habíamos dejado la tierra, algo que alentaba mi esperanza de fuga. Pero, lamentablemente, también tenía noticias de boca del comandante, respecto a que la esclavización marchaba según lo planeado por los líderes warkis. Pensé que debía contactarme pronto con alguien de afuera que no estuviese sometido, de lo contrario, podría ser recapturada y, seguro, no tendría tanta suerte.
Durante mi trabajo descubrí algo importantísimo que facilitó los planes: cuando los controladores se desactivaban manualmente debían ser reconectados de la misma manera. ¡Qué gran falla para una tecnología tan avanzada! Pero qué bueno que así lo había hecho el comandante con el mío.
Pasaron más días y no lograba contactarme con algún humano libre. Mis esperanzas se estaban diluyendo, hasta que el comandante me informó que bajaríamos a tierra para una breve investigación. Yo debía recolectar algunas plantas cerca de un pueblo recientemente tomado. Solo contaríamos con un robot científico. Y, como era una expedición científica, utilizamos unos extraños pero increíbles trajes negros. Se adaptaban al cuerpo por contacto y nos cubrían completamente. Al principio me dio un poco de claustrofobia; sin embargo, esto pasó muy pronto. No pesaba en absoluto, aunque se trataba de un caparazón computarizado.
Descendimos en un pueblo desde donde se veía un bosque junto a un lago. El paisaje era bellísimo; no obstante, había robots de las fuerzas activas por doquier. Gracias al traje pasé inadvertida para ellos. Mientras el robot científico me acompañaba a recolectar muestras en el bosque, el comandante realizaba otras tareas. Al trabajar, pensé en lo difícil de la situación en cuanto a mi huida. Si me quitaba el caparazón, los robots me perseguirían, y si no lo hacía me detendrían por medio del traje computarizado. Solo alejándome lo suficiente para quitarme la indumentaria sin que notaran mi ausencia, evadiría a los robots. El comandante decidió que pasaríamos la noche en tierra, por lo que, al dormirse, llegaría la ocasión. Para cuando notara mi huida, yo estaría sin el traje y lo suficientemente lejos para que se pudiera activar el controlador.
Terminada la tarea, nos instalamos en una de las casas que estaban deshabitadas. Los trajes mantenían la temperatura corporal mientras informaban que afuera hacía mucho frío. Tenía bastante hambre; sin embargo, a pesar de haber comida en la casa, el comandante ordenó comer lo mismo que en la nave. Eran alimentos procesados, con nutrientes balanceados con los que solo utilizábamos agua. ¡Cómo me hubiera gustado probar la verdura o el pollo! Pero podían estar contaminados y no convenía exponer a los habitantes de la nave.
Al finalizar, me encaminé hacia uno de los dormitorios cuando el comandante me detuvo.
―Descansaremos aquí —dijo señalando un cuarto vacío.
―¿En el piso? ―pregunté incrédula.
Él sonrió al mismo tiempo que juntaba nuestros trajes por medio de un conector lateral. En un segundo nos encontramos envueltos por un caparazón semejante al de una tortuga que, lentamente, se colocó en posición horizontal.
Parecía una cama portátil, aunque no tan cómoda y confortable como la de la nave. Frente a nosotros, a unos cuarenta centímetros, se veían todos los controles del traje.
―Así estaremos protegidos de cualquier peligro ―aclaró él, por si me quedaba alguna duda.
Me encontraba bastante fastidiada porque mi única oportunidad de escapar se había esfumado. Cerré los ojos. No podía conciliar el sueño pensando en otra forma de huir. El comandante se movió a mi lado, y abrí los ojos de nuevo. Estaba recostado sobre un costado, y sus ojos, bajo la luz mortecina, se veían fluorescentes. Me miraba fijamente, presentí que quería saber algo. La pregunta no tardó en llegar.
 ―¿Crees que es posible escapar del destino que se nos ha marcado?
La pregunta me perturbó un poco. ¿Acaso habría intuido algo sobre mi fuga? Permanecí en silencio por un momento y luego respondí.
―No creo que esté escrito solo un destino para cada persona. Considero que varía según el camino que tomemos día a día.
Casi rozó sus labios en mi oreja murmurando.
 ―Yo creo que todos nuestros actos, nos llevarán siempre al destino que nos han fijado en esta vida.
Casi no pude concentrarme en sus palabras. El calor de su respiración estremeció mi piel y mi cuerpo. Lentamente, esa brisa cálida recorrió mi mejilla hasta que quedamos enfrentados cara a cara. No necesitó activar ningún controlador, en ese momento era esclava de sus palabras, su mirada, su presencia. Me sentí envuelta por él aunque no me había tocado. Una suave pero gradual atracción unió nuestras bocas intensamente. Era el beso más dulce y estremecedor que jamás hubiera esperado. Se acercó más aún. El contacto con su cuerpo resultaba tan placentero que no quería separarme nunca más.
―Entrelaza tus manos en mi espalda ―susurró mientras mordisqueaba suavemente mis labios.
Mis manos obedecieron de forma automática, apenas noté que estábamos suspendidos en el aire. Al instante en que él unió sus manos en mi espalda, un torbellino de energía nos envolvió por completo. Mi pecho se abrió sin dolor y mis venas se conectaron a su corazón. Éste palpitó para ambos cuerpos, y así nuestra sangre se mezcló provocando una sensación indescriptible. Creí no volver a existir por mí misma. Literalmente fuimos uno. Poco a poco me desvanecí en un profundo sueño. No podría explicar cuánto duró ese momento, ni cuándo terminó. Me desperté cuando ya amanecía.
Tenía miedo de abrir los ojos y descubrir que había sido nada más que un sueño. Algo tan increíble no podía ser solo eso. Una caricia en mi mejilla disipó todas las dudas. Abrí los ojos, él me contemplaba con adoración y preocupación al mismo tiempo. Instintivamente, también acaricié su mejilla.
―Gema, no puedo dejar que sigas tratándome como si esta fuera la primera vez que nos unimos ―el tono de su voz se tornó algo triste―. Esta expedición la organicé yo, para revelarte algo que cambiará tu vida por completo.
Después de aquella experiencia, mi vida ya se había transformado del todo. Y, definitivamente, nunca me había unido a alguien de esa manera. No entendía bien qué quería decirme, pero estaba segura de que esa unión no podía implicar algo malo.
―Escucha con atención lo que te voy a relatar… Antes de que comenzara la guerra en Kaly, una joven shemaq y un joven warki se enamoraron. La única posibilidad de estar juntos era vivir en las tierras del muchacho, ya que los shemaq prohibían las uniones mixtas. Aczuni ―así se llamaba ella― fue desterrada de su hogar y su nombre borrado de la familia. Sus padres eran demasiado apegados a las leyes y ella los odió por eso. El muchacho, de nombre Kas, la convenció de incorporarse a las fuerzas activas y participar en la defensa de las tierras warkis. Como ya sabes, la victoria fue para los shemaq. Él fue castigado a trabajar de esclavo durante 42 años, equivalentes a unos 7 de los terrestres.
Pero la condena de Aczuni, agravada por traición, afectó para siempre la vida de ambos. Se la trasladó a un lugar llamado Nexus. Allí, un reprogramador criogénico borró todos los recuerdos y construyó otros nuevos. También modificaron su ADN para que se mezclara con la raza donde sería insertada. Así fue introducida en otro planeta donde no se advirtió su llegada. Ella no sufriría, mientras no se le revelara su origen.
―¡Qué terrible! ―comenté, suponiendo que el joven al que se refería era él.
El dolor que entrañaban sus palabras me conmovió; sin embargo, por un momento sentí celos al pensar que, probablemente, todavía amaba a esa mujer. Él interrumpió mis pensamientos al continuar con su relato.
―Los jueces shemaq no tuvieron en cuenta que se encontraban ante el caso de una pareja de almas gemelas. Y que, una vez unidas, nunca podrían vivir separadas por siempre. El joven soportó la condena con la esperanza de encontrarla nuevamente. Jamás dejó de buscarla. Hasta que un día, por obra del destino, se topó con ella. Por supuesto que no se reconocieron. Solo una emoción, una fuerza, algo, lo atrajo hacia ella. Al tocarla, la fascinación fue más fuerte. Inmediatamente pidió su mapa genético para saber si no se equivocaba y, al mirar los resultados, lo confirmó. La había encontrado al fin.
 El comandante hizo una pausa.
―Quería decirle cuánto la amaba y la había extrañado. Pero debía ser prudente, sabía que el sufrimiento de Aczuni comenzaría al comprender que su vida solo era algo ficticio. De este modo empezó a relacionarse con ella, dominando las ganas de tocarla, sentirla, amarla. Hasta que no pudo esperar más y se unió a ella, para luego revelarle la verdad sobre su origen ―allí detuvo su relato.
―Pero, ¿qué pasó cuando se enteró? ―pregunté intrigada por conocer lo ocurrido.
―No lo sé.
―¿Cómo que no lo sabes? Espera un momento. Estoy algo confundida, ¿me equivoco, o tú eres uno de los protagonistas de esta historia?
“Yo no entendía nada, ¿cómo era posible que no lo supiera?” ―pensaba.
―Sí. Mi nombre es Kas… y tú… eres… Aczuni.
Lo miré incrédula por un instante. Luego, mi primera reacción fue reír.
―¿Tanto relato para una broma? ―dije entre carcajadas.
Él extendió la mano y activó una pantalla. Allí aparecía una joven; detrás, dos soles de color naranja se estaban poniendo sobre el horizonte. Kas estaba a su lado, se veían muy felices.
―Ella es Aczuni. Tú.
―Pero no se parece en nada a mí y no recuerdo esa situación.
―Ya te dije que modificaron tus genes y borraron tus recuerdos.
No podía o no quería aceptar la verdad, es que era demasiado increíble para mí. Encendió otra pantalla en la que se veían dos figuras, una humana y la otra shemaq, formadas por muchos colores.
―Son mapas genéticos, el de arriba es de Aczuni, y el de abajo el tuyo. Mira lo que sucede cuando quitamos al tuyo el ADN humano y lo reemplazamos por el shemaq.
Al costado de sendos mapas había una fotografía del rostro de cada una. Al comenzar el proceso, mi foto se fue trasformando hasta quedar igual a la de Aczuni. No lo creía. El corazón me dio un vuelco a causa de la impresión. Sentí que era una actriz en una obra de teatro, nada era real. Ni siquiera el rostro que había visto en el espejo cada mañana.
Una vida ficticia, eso había sido la mía. La familia por la que creía ser amada tampoco era verdadera. Lloré desconsoladamente y pregunté entre sollozos.
 ―¿Quién es la gente que, se supone, es mi familia?
―Los shemaq que también provienen de Kaly y Nexus. En estos momentos están siendo informados de su verdadero origen.
―Mi verdadera familia me odia, y la sustituta… seguramente ya no sentirá lo mismo por mí. Nada nos une.
―No creo que sus sentimientos cambien tanto.
―Si me amas tanto, ¿por qué me cuentas todo esto sabiendo el sufrimiento que me provoca? No solo a mí, sino también a las personas que amo… o creo amar.
Estaba tan confundida que hasta dudaba de mis sentimientos.
―Quizás soy egoísta, pero hubiera muerto de dolor durante mi condena sin la esperanza de volver a encontrarte. Así son las almas gemelas, una vez unidas no pueden vivir separadas.
Aunque pareciera una locura, no podía negar que ya lo amaba. No obstante, al mismo tiempo, lo odiaba por derrumbar los demás afectos que sustentaban mi vida. Su amor no era suficiente para calmar el dolor.
El traje me ahogaba pero, en realidad, eran mis propias lágrimas las que lo hacían. Imposibilitada de quitarlo por mí misma, lo desconecté del de Kas. Necesitaba un momento a solas para ordenar mis pensamientos y sentimientos. Me dirigí hacia el bosque. Para mi tranquilidad, él no me siguió, sabía que no iría muy lejos. Lloré, me enojé, lo odié, lo amé.
Volvimos a la nave. Se organizó un encuentro con la supuesta familia a la que pertenecía. Los esperé nerviosa en una sala. No sabía si mis sentimientos y los de ellos serían los mismos. Eso me inquietó hasta que, al desvanecerse la puerta, aparecieron mi padre, madre y hermana. Cuando entraron olvidamos todo. El amor que nos unía fue más fuerte que cualquier revelación. Nos abrazamos intensamente para expresar sin palabras que nada importaba, seguíamos queriéndonos como antes o más. Entendí que, por lo menos, algo de mi vida en la tierra había sido real. Éramos una familia del corazón.
Por el hecho de no ser completamente humanos nos dieron la posibilidad de vivir libres. En realidad, muchas opciones no teníamos, ya que ninguno de nuestros parientes reales quería volver a vernos y nos prohibían la entrada a nuestro planeta, con riesgo de muerte si lo hacíamos. ¿Adónde iríamos? ¿Cómo?
Así fue que nos quedamos y los controladores se deshabilitaron definitivamente. Pero no permanecimos tranquilos al saber que nuestros amigos y, la humanidad en general, estaban siendo esclavizados.
Kas trató de hacernos comprender que era por el bien del género humano y del planeta.
―El mundo de ustedes está en vías de extinción. La naturaleza se halla al límite de las fuerzas de recuperación. Si continúan con sus actividades ya nada subsistirá. Nosotros necesitamos reconstruir nuestra civilización y podemos revertir todos los problemas que han causado. Además, seres de otros sistemas solares quieren apoderarse de la tierra para utilizar sus recursos. Quizás ellos no sean tan considerados como nosotros ―explicó.
―¿Considerados? ―pregunté con ironía―. ¿Acaso no esclavizan a la gente? 
―Es necesario. A medida que entiendan la situación se les dará mayor libertad. Aunque nunca tanta que nos ponga en la misma situación que en Kaly. De todos modos, su calidad de vida mejorará.
Nos encontrábamos frente a una encrucijada. ¿Dejaríamos todo como estaba para recuperar el planeta aunque los humanos siempre fueran esclavos, o trataríamos de librarlos a costa de la destrucción de ambos? Alguien diría que la libertad no tiene precio, que es indispensable para el desarrollo de las personas. Pero, ¿y si eso los llevara a perjudicarse a ellos mismos? Terminarían contaminando y destruyendo todo. No quedarían recursos y la humanidad desaparecería. En cambio, de esta manera, podrían vivir con cierta normalidad. Serían controlados para no causar daño y así se potenciarían los recursos. Las dos civilizaciones se mezclarían y formarían una. ¿Soportarían ellos esta situación? No estábamos muy seguros.
En ese momento optamos por no apresurarnos en tomar decisión alguna. Veríamos cómo avanzaba este nuevo pueblo, y si la gente se adaptaba.
De esta forma, gracias a la cantidad de robots que siguieron construyéndose día a día, el planeta Tierra fue rápidamente ocupado y los humanos esclavizados. Las familias warkis y otras libres se instalaron en las casas que habían sido desocupadas. A muchos esclavos se les permitió continuar con sus vidas normales, aunque a la mayoría se les asignaron nuevos trabajos. Me quedé con Kas en la nave. Al pasar los días fui conociéndolo nuevamente. Sentimos como si nunca nos hubiésemos separado.
El tiempo pasó. Luego de instalarse, los warkis crearon un programa de reproducción. Los esclavos que vivían en tierra podrían casarse; sin embarago, no se los autorizaba a tener hijos, a menos que la mujer se inseminara de manera artificial de un warki. Las que se unieran a warkis tendrían hijos libremente. La nueva raza, que solo necesitaba cinco meses de gestación, por supuesto no era esclavizada, ya que en ella se depositaban las esperanzas de una nueva civilización. Se la llamó suniwe que, en idioma warki, significa unión de esperanzas.
Sin embargo, para acelerar el proceso de expansión demográfica, las esclavas de las naves fueron fecundadas en contra de su voluntad. Esto avivó el odio en los humanos. No pasó mucho tiempo antes de tener noticias acerca de los primeros actos de rebeldía. Un grupo de esclavos logró poner fuera de funcionamiento sus controladores y estaban formando una fuerte resistencia. Se movilizaban sin cesar, lo que dificultaba la tarea de encontrarlos. Principalmente liberaban a las esclavas de las naves y luego a los demás.
Los disturbios comenzaron a sentirse en todo el planeta; razón por la cual, cada pueblo fue custodiado por robots. Primero se los armó con paralizadores para implantar un nuevo controlador en los esclavos pero, al incrementarse el número de disidentes, comenzaron a usar armas mortales. Los humanos capturaron algunas naves y utilizaron la tecnología de sus enemigos, lo que llevó a una gran guerra. El problema primordial surgió cuando instalaron nuevos controladores que no podían ser extraídos, y no hallaban la manera de inhabilitarlos. Necesitaban apoderarse de un chip para analizarlo y encontrar la solución.
Mi familia se contactó con algunos de los disidentes y comenzaron a ayudarlos. Ya formaba parte de la raza humana y, por eso, también me comprometí a colaborar con ellos. No me convertiría de nuevo en una apóstata de mi raza. Tenía pleno conocimiento de que así traicionaba a Kas. No quería lastimarlo, incluso hubiera dado mi vida por él, pero no me quedaría al margen del sufrimiento humano.
Mi objetivo consistió en obtener el chip de los nuevos controladores, algo nada fácil. Cada día se extremaba más la seguridad y la vigilancia, especialmente en las naves. Kas me prohibió bajar, no quería volver a perderme. Por lo tanto, dejé a mi familia en tierra. Ellos lo prefirieron así. Continué con mi trabajo de botánica, ya que no tenía nada más que hacer. Mientras tanto, aproveché para llevar a cabo mis tareas de espía. Traté de husmear para averiguar algo sobre los nuevos controladores, aunque fue inútil.
La guerra llevaba ya varios meses y, lo que suele ocurrir cuando dos personas se unen, sucedió. Estaba embarazada, lo verifiqué mediante análisis en el laboratorio. No era el mejor momento, pero así se presentaban las cosas. Mis emociones se dividían entre felicidad y angustia. Opté por no contárselo aún a Kas; de lo contrario, me vigilaría más.
Sola en el laboratorio, trabajaba a ritmo muy lento porque no lograba concentrarme. Mis pensamientos iban del bebé a Kas, de Kas a mi traición, de mi traición al chip y del chip al trabajo. En un momento dado necesité unos reactivos y los busqué en el lugar de siempre. Los tomé y coloqué sobre la mesa, noté que una de las botellitas no se posaba derecha. Debía de tener algún residuo pegado en la base. La levanté para limpiarla y, para mi sorpresa, un chip de los nuevos controladores se hallaba pegado en ella. Alguien lo había puesto ahí para que yo lo encontrase. Eso significaba que un disidente se ocultaba en la nave. Disimuladamente lo escondí entre mis ropas.
En mi cuarto miré el chip. Increíble que de algo tan diminuto dependiera la libertad de tantas personas. ¿Cómo lo entregaría a mi familia? Se me ocurrió que como yo no podía bajar, ellos tendrían que venir a mí. Le revelé a Kas la noticia de que sería padre. Estaba extasiado de felicidad; y le pedí que trajese a mi familia para compartir con ellos mi dicha. No fue problema en absoluto.
Cuando volvieron a la tierra lo hicieron doblemente gozosos, por la noticia del bebé y por contar con el chip. Aunque también algo tristes. Sabían que si los warkis se marchaban, Kas, el bebé y yo nos iríamos.
Una vez que obtuvieron el chip, los disidentes rápidamente descubrieron la manera de inhabilitarlo. De este modo, muchos de los esclavos fueron liberados. Kas me advirtió que quizás pronto abandonaríamos el espacio terrestre. La situación se estaba tornando insostenible para ellos.
Poco tiempo después ya no hubo nada más que hacer en la tierra. Las naves warkis se reagruparon en el espacio, y partieron en busca de otro planeta con suficientes recursos para su población. Ésta se había agrandado bastante por la incorporación de las parejas mixtas y los pequeños suniwes. La situación se tornó más calma una vez comenzado el viaje.
Mi panza creció rápido y, dentro de todo, me encontraba feliz. Un día, Kas se presentó en la habitación con el rostro muy serio. Jamás lo había visto así, ni siquiera cuando las cosas iban mal en la tierra. Tomamos asiento y habló en tono muy grave.
―Se descubrió que alguien en esta nave nos traicionó en la guerra con los humanos. Se sospecha de mí.
―¿Qué? ¡Eso es una estupidez! ¿Cómo pueden acusarte? Si… ―estaba por decir que era de mí de quien debían sospechar; enseguida concluí―. Si has luchado con alma y vida por esta causa.
―Es que tienen razón. Oculté información. Estaba al corriente de tu colaboración con los disidentes; sin embargo, no quería que traicionaras a tu raza otra vez por mi causa. Y también sabía que estabas embarazada. Por todo eso te prohibí bajar de la nave.
―¿Sabías lo del bebé?
―Sentí su corazón cuando nos unimos, mucho antes de que me lo dijeras, solo que no entendí por qué lo ocultabas.
―Debía conseguir el chip. No quería que me vigilaras más de lo normal, o que me prohibieras seguir trabajando. De todos modos, no voy a dejar que te acusen. Yo soy la traidora.
 ―¡Llevas a nuestro bebé en el vientre! No dejaré que algo malo les ocurra.
―¿Cuál será el castigo para el traidor?
―Nexus. A pesar de todo, gran parte del consejo no está a favor de la pena de muerte.
―Escucha, alguien de la nave puso el chip a mi alcance. Todavía hay esclavos humanos aquí. ¿Y si después de que te condenen, alguien me delata? ¿Qué sucedería con nuestro bebé? No quiero correr el riesgo de dejarlo solo en esta civilización y es imposible mandarlo con mi familia ahora ―medité un segundo―. Lo mejor es que me entregue y que tú te quedes con nuestro hijo. Así como me has encontrado una vez, lo harás de nuevo algún día.
Kas se opuso terminantemente. No quería pasar por eso otra vez. Sin embargo, luego comprendió que era lo más seguro para nuestro bebé. Debíamos pensar en su futuro. Nuestro amor había dado lugar a una vida. Algún día, cuando se establecieran en un lugar seguro para los tres, Kas me buscaría igual que antes.
Él fue absuelto de toda culpa y me condenaron a Nexus. Iría después de tener a nuestro hijo. Durante un mes pasamos juntos todo el tiempo que nos permitieron. Di a luz un varón que se parecía mucho a Kas.
El día de la despedida él reiteró su promesa.
―Aczuni, te encontraré. Sé que nuestro destino es estar juntos. Todo lo que hagamos llevará a unirnos otra vez.
―Estaré bien, los amo. Nexus borrará mi memoria, no mis sentimientos. Éstos solo dormirán y se despertarán cuando los vuelva a ver ―afirmé ocultando el temblor en mi voz.
Nos abrazamos junto con el bebé sintiendo la fuerza de la energía que nos unía, y partí.
 
¡Qué cansada estaba esa mañana! El primer sol ya había salido. Debía apurarme si quería estar de vuelta en casa antes de la salida del segundo sol. El señor Fung esperaba vender mis pasteles temprano.
Mi esposo ya se había marchado a trabajar a las minas de Verx, y mis dos hijos iban camino al centro de aprendizaje taurí.
Sobre uno de los muebles, junto a mi cama, hallé un extraño colgante. Estaba confeccionado de un material muy atractivo. Lo miré con detenimiento. En su interior se generaban distintos dibujos, hasta que formaron unas letras: K A S. No entendí qué significaba, pero era muy bello. Pensé que mi esposo lo había dejado allí como obsequio. Lo acomodé en mi cuello, preparé todo como de costumbre y me dirigí hacia mi destino.
 
 
 Corregido por Hilda Lucci 
 

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